«La autoridad en la Iglesia nunca se entiende desde el poder, sino desde el servicio»
1. Para el cofrade de a pie que no te conozca mucho, ¿Quién es Ángel Heredia?
Creo que, por encima de todo, soy un hijo de la Iglesia. Y me siento así gracias a las hermandades. Ellas me enseñaron desde muy pequeño a vivir la fe de una forma sencilla, cercana y compartida. En una cofradía aprendí a rezar, a servir, a hacer amigos para toda la vida y a comprender que el Evangelio también se vive trabajando por los demás.
Hay una etapa que recuerdo con mucho cariño. Durante mi juventud vivía en Madrid y, aunque allí desarrollaba mi vida, siempre esperaba con ilusión que llegara la Cuaresma para coger el coche y venir a Jerez los fines de semana. Necesitaba vivir ese ambiente, encontrarme con mi gente y respirar lo que siempre he sentido como mi casa. Eso me hizo darme cuenta de que las hermandades no eran una afición, sino una parte muy importante de mi vida.
He tenido la enorme suerte de participar, junto a un grupo extraordinario de personas, en la fundación de la Hermandad de la Clemencia. Ver cómo un barrio como San Benito, que soñaba con tener su propia cofradía, consiguió hacer realidad ese proyecto es, sin duda, uno de los mayores regalos que he recibido. Cuando ves salir por primera vez una cofradía que hace unos años solo existía en la ilusión de un grupo de personas, entiendes que los sueños, con trabajo y con fe, pueden hacerse realidad.
En lo personal, mi mayor apoyo siempre ha sido mi familia. Es donde encuentro el equilibrio, donde aprendo cada día y donde procuro no olvidar nunca quién soy. Si algo me han enseñado tanto mi familia como las hermandades es que nadie construye nada importante solo.
En definitiva, soy un cofrade profundamente agradecido. A Dios, por todo lo que me ha regalado; a mi familia, por caminar siempre a mi lado; y a las hermandades, porque me han hecho ser la persona que soy hoy.
2. ¿Qué rasgo destacarías de tu carácter?
Si tuviera que destacar un rasgo de mi carácter, diría que la serenidad. No me gusta precipitarme ni tomar decisiones en caliente. Prefiero escuchar antes que hablar y reflexionar antes que responder. Con los años he aprendido que los problemas rara vez se resuelven levantando la voz, pero sí dedicando tiempo a comprender al otro.
Hay una expresión que utilizo con frecuencia y que intento llevar a la práctica: la escucha vulnerable. Consiste en escuchar con la humildad suficiente para dejar que lo que dice el otro te cuestione. Escuchar no solo para responder, sino para comprender. Y si después de escuchar descubro que estaba equivocado o que hay una forma mejor de hacer las cosas, no tengo ningún problema en rectificar. Creo que cambiar de opinión cuando los argumentos lo justifican no es una debilidad, sino una oportunidad para seguir creciendo.
También me considero una persona profundamente leal. La amistad ocupa un lugar muy importante en mi vida. Tengo la inmensa fortuna de conservar a los mismos amigos desde hace más de treinta años, y eso, más que un mérito mío, lo considero un regalo de Dios. Los amigos han estado presentes en los momentos de alegría, pero sobre todo en los momentos difíciles, que es donde realmente se descubre quién camina a tu lado.
Hay un versículo de los Proverbios que siempre me ha acompañado y que resume muy bien cómo entiendo la amistad: «El hermano ayudado por su hermano es como una ciudad amurallada». Esa frase me recuerda que las personas no estamos llamadas a caminar solas y que una amistad verdadera es uno de los mayores dones que Dios puede concedernos.
También creo que la vida te forma tanto con los aciertos como con los errores. De hecho, diría que he aprendido mucho más de los errores que de los éxitos. Equivocarse, reconocerlo, levantarse y seguir adelante te hace más humilde, te ayuda a escuchar más y a comprender mejor a los demás. Con los años he descubierto que las personas no crecemos cuando todo sale bien, sino cuando sabemos convertir las dificultades en oportunidades para mejorar.
3. Una virtud que valores o admires de las personas.
Si tuviera que elegir dos virtudes, diría la lealtad y la humildad. Y las valoro tanto porque creo que ambas tienen un profundo sentido cristiano.
La lealtad porque es la base de cualquier relación auténtica. Admiro a las personas que permanecen, que no cambian según sopla el viento y que saben estar cerca, especialmente cuando llegan las dificultades. En la Iglesia y en las hermandades necesitamos personas así: fieles a sus compromisos, a su palabra y a las personas, aunque eso suponga renuncias o sacrificios. La lealtad da estabilidad y genera confianza.
Y la otra virtud es la humildad. Siempre me ha impresionado que Cristo, siendo el Maestro, se ciñera la toalla para lavar los pies a sus discípulos. Ese gesto resume una forma de entender la vida: la verdadera grandeza está en el servicio. Por eso admiro a quienes no buscan el reconocimiento, a quienes trabajan en silencio, escuchan, aprenden y saben alegrarse de los éxitos de los demás sin necesidad de ocupar el primer lugar.
Creo que, en el fondo, son dos virtudes inseparables. La lealtad te mantiene firme junto a las personas y la humildad te recuerda que nunca dejas de ser discípulo. Son dos cualidades que intento cultivar cada día y que considero imprescindibles para cualquier cristiano que quiera servir a la Iglesia.
4. Un lema o frase que te inspire.
«El hermano ayudado por su hermano es como una ciudad amurallada»
5. Alguien a quien añores, a quien eches de menos.
Sin ninguna duda, echo muchísimo de menos a mi madre. Creo que la ausencia de una madre deja una huella que nunca termina de desaparecer. Hay momentos en los que uno sigue necesitando una conversación, un consejo o simplemente un abrazo, aunque pasen los años.
Su fallecimiento fue, probablemente, el momento más doloroso de mi vida. Pero también puedo decir que el Señor me ha concedido una gracia inmensa. Hoy sigo echándola de menos cada día, pero la recuerdo con una enorme alegría y con un profundo agradecimiento. La fe me ha permitido vivir esa ausencia con esperanza, sabiendo que no la he perdido, sino que la he ganado para el cielo. Esa certeza no elimina el dolor, pero sí lo transforma.
Desde que soy padre comprendo mucho mejor cuánto nos quieren nuestros padres. Hay un amor que solo se entiende de verdad cuando uno tiene hijos. Y entonces descubres tantos detalles, tantos sacrificios y tanta entrega que de niño o de joven pasaban desapercibidos.
También recuerdo con muchísimo cariño a mis abuelos, especialmente a mi abuelo Juan. Era un hombre sencillo, de una fe muy básica, pero con una confianza inmensa en Dios. No me enseñó grandes discursos ni complicadas explicaciones sobre la fe; me enseñó con su vida. Gracias a él me sentí cofrade desde muy pequeño. Fue quien me apuntó a la Hermandad del Prendimiento y quien me llevó a vestir por primera vez una túnica de nazareno. Ese momento, aunque él seguramente no fuera consciente, marcó mi vida para siempre.
6. Una oración y un momento (del día, del año) para rezarla.
Sin duda, el Rosario. Es una oración que me acompaña desde hace muchos años y que forma parte de mi vida con absoluta normalidad.
Por mi trabajo paso muchas horas en el coche recorriendo la provincia, y ese tiempo, que para muchos podría ser un tiempo perdido, procuro convertirlo en un tiempo de encuentro con Dios. Muchas veces rezo el Rosario mientras conduzco. Me ayuda a hacer silencio, a poner en manos de la Virgen a mi familia, a mis amigos, a las personas que me han pedido oración y también las preocupaciones del día.
Siempre me ha impresionado cómo una oración tan sencilla puede dar tanta paz. El Rosario no exige grandes conocimientos ni grandes discursos, simplemente te lleva de la mano de María hasta Cristo. Y, en un mundo donde vivimos con tanta prisa, creo que nos ayuda a volver a lo esencial.
Hay una frase de san Josemaría Escrivá que siempre me ha acompañado: «El Rosario es un arma poderosa». Yo añadiría que también es un refugio. Muchas decisiones importantes de mi vida, muchas alegrías y también muchas dificultades las he rezado desgranando las cuentas de un Rosario.
No tengo un momento concreto del año para rezarlo, porque intento que forme parte de mi día a día. Precisamente esa normalidad es lo que más valoro: descubrir que Dios también sale a nuestro encuentro en la carretera, entre un viaje y otro, en medio de la rutina.
7. Una devoción.
Es difícil elegir una sola, porque mi vida cofrade está unida a dos imágenes que representan dos etapas muy importantes de mi vida.
La primera es el Santísimo Cristo de la Clemencia. He tenido la inmensa dicha de verlo nacer, literalmente. Lo conocí cuando no era más que una pella de barro en el taller del imaginero y he podido contemplar cómo, alrededor de esa imagen, Dios ha ido obrando algo mucho más grande que una hermandad. Ha cambiado la vida de muchísimas personas, especialmente de muchos jóvenes que encontraron allí una comunidad donde crecer en la fe, hacer amigos y descubrir a Cristo. Cuando miro al Señor de la Clemencia no veo solo una imagen; veo una historia compartida, un barrio que encontró una ilusión común y la fidelidad de Dios haciendo posible lo que parecía un sueño.
Pero hay otra devoción que forma parte de lo más profundo de mi corazón: Nuestro Padre Jesús del Prendimiento. Es mi primera devoción, la de mi infancia, la de mis raíces. Cuando me pongo delante del Señor vuelvo a ver a mis abuelos, especialmente a mi abuelo Juan, que me llevó por primera vez a la hermandad, y a mi madre. Allí está una parte muy importante de mi vida.
Recuerdo que, cuando vivía en Madrid y venía a Jerez durante la Cuaresma o la Semana Santa, antes incluso de que existiera la Asociación Parroquial de laClemencia, el Miércoles Santo me pasaba prácticamente todo el recorrido delante del paso del Prendimiento. Lo seguía embelesado, sin cansarme de mirarlo. Era una forma de volver a casa.
Por eso siento que ambas devociones se complementan. El Prendimiento me recuerda de dónde vengo; la Clemencia me recuerda para qué me ha llamado el Señor. Una habla de mis raíces y la otra del camino que Dios ha querido escribir en mi vida. Ambas ocupan un lugar irrenunciable en mi corazón.

8. Tu primer recuerdo cofrade.
Mi primer recuerdo cofrade está unido a los viajes en tren desde Madrid para venir a pasar la Semana Santa en Jerez. Aquellos viajes eran el comienzo de todo. Los días previos estaban llenos de ilusión: ir a comprar la ropa para estrenar el Domingo de Ramos era casi una tradición. Mi abuelo Juan siempre decía, con esa gracia que tenía: «El que no estrena el Domingo de Ramos, se le cae la mano.» Y yo me lo tomaba muy en serio.
Al llegar a Jerez solo pensaba en vivir la Semana Santa junto a mis abuelos y mi familia. Aquellos viajes no solo me acercaban a una ciudad, sino a mis raíces. Creo que fue entonces cuando empezó a nacer el cofrade que sigo siendo hoy.
9. Un momento cofrade que guardes de forma especial en tu corazón.
Sin duda, uno de los momentos que guardo con más cariño fue una reunión con nuestro querido don Rafael Bellido Caro. Habíamos trabajado durante años con muchísima ilusión para hacer realidad el sueño de una hermandad en San Benito. Aquel día no esperábamos nada especial y, de forma completamente inesperada, nos dijo que nos iba a erigir como hermandad.
Recuerdo la emoción de aquel instante. Era la culminación de un sueño compartido por muchas personas y, sobre todo, la confirmación de que Dios había ido guiando nuestros pasos durante todo el camino. Salimos de aquella reunión inmensamente felices y profundamente agradecidos.
Siempre guardaré un enorme cariño a don Rafael Bellido por la confianza que depositó en aquel grupo de jóvenes que solo tenía ilusión y muchas ganas de servir a la Iglesia. Y esa misma confianza también la encontramos después en don Francisco González, que nos acompañó y creyó en nuestro proyecto.
A veces pensamos que las grandes emociones se viven delante de un paso en la calle. Yo tuve la suerte de vivir una de las más grandes sentado alrededor de una mesa, escuchando unas palabras que cambiaron para siempre la historia de nuestro barrio y también una parte de mi vida.
10. Un cofrade – de ayer o de hoy – al que consideres un referente o que te haya marcado.
Si tengo que elegir a un cofrade que me haya marcado, ese es, sin duda, Tomás Biedma.
Tomás nunca buscó protagonismo. No era de los que ocupaban titulares ni de los que estaban siempre en primera línea, pero nos dio una de las mayores lecciones de vida cristiana que he recibido. Nos enseñó que una hermandad no se mide por el patrimonio que posee ni por los estrenos que presenta, sino por cómo ama a Cristo y cómo cuida a sus hermanos, especialmente a los más pobres.
Fue responsable de Cáritas parroquial y delegado de Caridad de la hermandad. Recuerdo que muchas veces se enfadaba con nosotros cuando nos ilusionábamos con algún estreno y nos decía: «No os olvidéis de los pobres.» Aquellas palabras, que entonces podían parecernos una llamada de atención, con el tiempo he comprendido que encerraban una verdad enorme. Nos estaba recordando cuál es la razón de ser de una hermandad.
El día de su funeral entendí todavía mejor quién había sido Tomás. La iglesia estaba llena de personas que muchos ni siquiera conocíamos, pero que habían pasado por su vida y habían recibido su ayuda, muchas veces de forma silenciosa. Ese fue el mejor homenaje que podía recibir: el cariño de tanta gente a la que había servido sin esperar nada a cambio.
Para mí, Tomás representa a esos hombres y mujeres buenos que sostienen nuestras hermandades desde la discreción. Personas que no buscan reconocimiento, pero que hacen presente el Evangelio con su vida. Estoy convencido de que nuestras cofradías necesitan muchos más Tomás Biedma que grandes protagonistas.
11. ¿Cómo explicarías a alguien que no la conoce, cómo es, cómo se vive y cómo se siente nuestra Semana Santa?
Le diría que la Semana Santa de Jerez no se entiende solo con los ojos, sino también con el corazón y con la fe.
Es la expresión de la fe de un pueblo, de esa fe sencilla que ha pasado de padres a hijos durante generaciones. A veces se dice que las hermandades solo conservan tradiciones, pero yo creo que hacen mucho más: anuncian el Evangelio de una manera que llega a personas a las que, quizá, nunca llegaríamos de otro modo. He visto cómo una imagen, una marcha, un silencio o una mirada al paso de un Cristo han sido el comienzo de una conversión o de un regreso a la Iglesia.
También le diría que la belleza tiene una enorme capacidad para acercarnos a Dios. La belleza de nuestras imágenes, de la música, del patrimonio o de la liturgia no es un fin en sí misma; es un camino que nos conduce hacia Él. Cuando la belleza está al servicio de la fe, se convierte en una forma de evangelizar.
Y hay algo que siempre me sobrecoge. Cuando alguien de fuera me pregunta por nuestra Semana Santa, le invito a imaginar que este pueblo lleva haciendo, prácticamente, lo mismo cada primavera desde hace quinientos años. Generación tras generación, miles de personas han recorrido las mismas calles, han rezado delante de las mismas imágenes y han transmitido la misma fe. Pensar que formamos parte de una cadena ininterrumpida de cinco siglos produce una enorme emoción y, al mismo tiempo, una gran responsabilidad.
Por eso la Semana Santa no es solo un acontecimiento cultural o una tradición admirable. Es la memoria viva de un pueblo que sigue anunciando, cada primavera, que Cristo murió y resucitó por nosotros. Y eso merece ser cuidado, querido y transmitido a quienes vendrán detrás de nosotros.
12. ¿Qué es y qué debería ser para Ángel Heredia la Unión de Hermandades?
Para mí, la Unión de Hermandades debe ser, ante todo, un instrumento al servicio de la Iglesia y de las hermandades. Nunca un fin en sí misma. Su razón de ser no es tener protagonismo, sino ayudar a que las hermandades puedan desarrollar mejor su misión evangelizadora.
Creo que debe ser una casa común. Un lugar donde todas las hermandades se sientan escuchadas, respetadas y acompañadas, independientemente de su tamaño, de su historia o de su realidad. Una institución que genere comunión, que una y que ayude a resolver problemas, nunca a crearlos.
También pienso que debe ser un puente. Un puente entre las hermandades y el Obispo, entre las hermandades y la sociedad, entre la tradición que hemos recibido y los retos que nos plantea el futuro. Siempre desde la comunión eclesial y con la conciencia de que las hermandades somos una realidad viva de la Iglesia.Y, si tuviera que resumirlo en una sola idea, diría que la Unión de Hermandades debe parecerse al lavatorio de los pies. Cuanto más sirva, más sentido tendrá. Porque la autoridad en la Iglesia nunca se entiende desde el poder, sino desde el servicio. Ese es el modelo que nos dejó Cristo y ese debería ser también el modelo de cualquier institución eclesial.
13. El Consejo que resulte elegido afrontará un mandato que tiene en el horizonte (2030) los cincuenta años de la creación de la Diócesis de Jerez. Teniendo en cuenta la importancia de las hermandades dentro de la Diócesis, ¿Qué ideas o proyectos plantea su candidatura para la conmemoración de esta efeméride tan señalada?
Lo primero que haría sería poner a la Unión de Hermandades a disposición de nuestro Obispo y de la Delegación Diocesana. Estamos hablando de una celebración de toda la Iglesia de Asidonia-Jerez, y las hermandades debemos vivirla con un profundo sentido de comunión eclesial, colaborando en aquello que se nos pida y aportando lo mejor de nosotros mismos.
Estoy convencido de que las hermandades tienen mucho que ofrecer en una efeméride como esta. Llevamos cincuenta años caminando junto a nuestra diócesis y queremos seguir siendo una herramienta de evangelización al servicio de la Iglesia.
Nuestra candidatura ha propuesto algunas iniciativas que creemos que pueden enriquecer esa conmemoración, siempre desde esa disponibilidad y nunca desde el protagonismo. Entre ellas, la creación de un Observatorio de la Piedad Popular, que ayude a estudiar y poner en valor la inmensa riqueza evangelizadora de nuestras hermandades, o la posibilidad de un gran Vía Crucis Magno en 2030, si la diócesis considera que puede ser un instrumento útil para anunciar a Cristo y celebrar este aniversario o el Congreso Diocesano de Piedad Popular.
Pero, sinceramente, el mejor proyecto que podemos ofrecer es nuestra disponibilidad. Me gustaría que, cuando llegue 2030, las hermandades sean reconocidas por haber estado al lado de su Iglesia, trabajando con ilusión, con unidad y con espíritu de servicio para que esta celebración ayude a muchas personas a encontrarse con Cristo. Porque ese es, en definitiva, el sentido de las hermandades y también el del Consejo: servir a la misión de la Iglesia.
14. Jerez tiene desde hace ya muchos años una aspiración: que su Semana Santa sea declarada de Interés turístico internacional. ¿Qué supondría este logro para Jerez y para las hermandades? En colaboración con las administraciones correspondientes, ¿Cómo debe trabajar el futuro Consejo para hacer realidad este anhelo de nuestra ciudad y de nuestra Semana Santa? ¿Cuáles serían las principales líneas de actuación de su candidatura?
Creo que sería un reconocimiento muy importante para Jerez y para nuestra Semana Santa, porque supondría poner en valor una manifestación de fe que forma parte de la identidad de nuestra ciudad desde hace siglos. Pero siempre digo que el objetivo no puede ser el reconocimiento en sí mismo. Nuestra Semana Santa no tiene que cambiar para obtener una declaración, tiene que ser reconocida precisamente por lo que ya es: una expresión extraordinaria de la fe de un pueblo.
Para conseguirlo será imprescindible trabajar de la mano del Ayuntamiento, de la Junta de Andalucía y del resto de administraciones. El Consejo debe ejercer una labor de coordinación, de impulso y de colaboración institucional, porque un proyecto de esta envergadura solo puede salir adelante desde el consenso.
Nuestra candidatura, además, quiere dar un paso más en la protección y promoción de nuestro patrimonio. Vamos a impulsar la declaración de la Semana Santa de Jerez como Bien de Interés Cultural. Creemos que una realidad con siglos de historia, que ha configurado la identidad religiosa, cultural y social de nuestra ciudad, merece ese reconocimiento y esa protección.
Precisamente por esa razón hemos creado una Delegación de Relaciones Institucionales y Actos Culturales. Queremos que el Consejo tenga una presencia activa durante todo el año, poniendo en valor el inmenso patrimonio de nuestras hermandades a través de iniciativas como el legado de Beigbeder, la promoción de la saeta como una de las expresiones más genuinas de nuestra Semana Santa y otras actividades que ayuden a difundir nuestra historia, nuestra música, nuestro arte y, sobre todo, el profundo sentido cristiano de nuestras cofradías.
Estoy convencido de que, si sabemos cuidar nuestra identidad, proteger nuestro patrimonio y trabajar unidos con las instituciones, ese reconocimiento internacional llegará. Y cuando llegue, será un motivo de orgullo para toda la ciudad, pero también una oportunidad para seguir evangelizando a través de la belleza y de la piedad popular, que es, al fin y al cabo, la verdadera razón de ser de nuestras hermandades.
15. Estamos viviendo una época convulsa en muchos ámbitos. Una época marcada por la polarización y la crispación. Los cofrades estamos llamados a dar testimonio de fraternidad y a trabajar en aras del bien común. Si tu candidatura no resultara elegida y el candidato electo le pidiera su colaboración. ¿Estaría dispuesto a tenderle la mano?
Sin ninguna duda. Y no lo digo por quedar bien, sino porque lo siento de verdad.
He repetido durante toda la campaña que esta candidatura nace para servir a las hermandades, no para servirnos de ellas. Si los hermanos mayores deciden que otro candidato debe presidir la Unión de Hermandades y considera que puedo ser útil, encontrará en mí una mano tendida y una colaboración leal.
De hecho, ya lo hemos dicho públicamente. Hemos anunciado que, sea cual sea el resultado de las elecciones, pondremos a disposición de la candidatura que resulte elegida todo el trabajo que hemos realizado durante este año. Han sido muchos meses de reuniones, de estudio, de escuchar a las hermandades y de elaborar propuestas. Ese trabajo no nos pertenece a nosotros, pertenece a las hermandades. Si puede ser útil para el futuro Consejo, estaremos encantados de compartirlo.
Creo que los cofrades estamos llamados a ofrecer un testimonio distinto al que tantas veces vemos en la sociedad. Frente a la polarización, la comunión; frente a la confrontación, el diálogo; y frente a los intereses personales, el bien común. Esa es la lógica del Evangelio y también debería ser la lógica de nuestras hermandades.
Las elecciones pasan, pero la Unión de Hermandades permanece. Lo importante no es quién ocupe un cargo, sino que el Consejo siga sirviendo a las hermandades y, a través de ellas, a la Iglesia. Si todos somos capaces de entender eso, habremos dado un paso muy importante.
Al fin y al cabo, ninguno de nosotros trabaja para un presidente ni para un proyecto personal. Trabajamos para Cristo y para su Iglesia. Y cuando uno tiene claro eso, tender la mano no es un gesto extraordinario, es simplemente hacer lo que corresponde a un cristiano.
Entrevista de: Francisco García-Figueras Mateos
