“La Virgen María, tras su Asunción a los cielos, sería coronada por la Santísima Trinidad como reina y señora de todo lo creado. Se corona por ser Ella la Madre del que es Rey de reyes y por ser cooperante de nuestra redención, al aceptar el dolor y muerte de su Hijo y ofrecérselo al Padre por la salvación del mundo. »
Así lo señalan Isabel Núñez y Luis Prieto en su obra “Las joyas de vestir a la Virgen” afirmando también que, “en su afán por resaltar la imagen de María sobre las demás mujeres y movido por el fervor y la devoción” los creyentes queremos “verla coronada al modo de las reinas terrenales”.
Por este motivo, – como continúan apuntando los citados autores – se representará a la Virgen “como persona viva para acercarla a los ojos del devoto, promoviendo una realidad palpable y física, fomentando el diálogo espiritual que facilita el aspecto casi humano de la imagen, acompañada de aquellos símbolos de poder terrenal como son la corona y el cetro…”.
Al proclamar la Realeza de María el 1 de noviembre de 1954, Pío XII explicó que esta Realeza es “ultraterrena» y “sin embargo, al mismo tiempo penetra hasta lo más íntimo de los corazones y los toca en su profunda esencia, en aquello que tienen de espiritual y de inmortal. »
Juan Pablo II, en el Ritual para la coronación de una imagen de Santa María Virgen, aprobado el 25 de marzo de 1981 indicó que «la veneración de las imágenes de la Santísima Virgen María frecuentemente se manifiesta adornando su cabeza con una corona real…» recordando que la costumbre de representar a Santa María Virgen ceñida con corona regia databa «de los tiempos del Concilio de Éfeso…».
Con motivo del décimo aniversario de la reapertura del templo parroquial de Santiago, este mes de septiembre los jerezanos tendremos oportunidad de ver de nuevo a María revestida de Su Realeza para el besamanos extraordinario que conmemorará tan gozosa efeméride.
Este acontecimiento volverá a dejarnos estampas inolvidables en torno a las Dolorosas e imágenes de Gloria que se podrán contemplar en esta magnífica veneración.
Una de esas estampas, – por su especial connotación -, guarda relación con lo expresado al inicio de este artículo sobre la corona, como símbolo de la Realeza de María.
Porque para el acontecimiento mencionado, se llevará a cabo la permuta entre las coronas de María Santísima del Desamparo – obra del orfebre jerezano Diego Montenegro, del año 1731 – y la presea de Nuestra Señora de la Piedad, realizada en 1949 por el Taller de Seco, según el diseño de Eduardo Seco Imbert, «Seco el Viejo».
Esta singular circunstancia puede tener su origen en la labor de los vestidores, entre los que destacó el recordado José Bernal, que vistió a ambas Dolorosas.
Si bien existe algún testimonio gráfico donde puede verse a la Virgen del Desamparo con la presea de Nuestra Amantísima Madre, no hay – al menos no consta en nuestro poder -, prueba gráfica que confirme el intercambio en sentido inverso.
No obstante, algunos de nuestros hermanos de mayor edad recuerdan – y así lo transmiten – que efectivamente, esta permuta se realizaba entre ambas advocaciones.
Permuta que constituye una bonita muestra de fraternidad entre nuestras corporaciones y que en estos días, – con motivo del décimo aniversario del templo de Santiago -, se ha querido recuperar de manera extraordinaria.
Así, las coronas volverán a intercambiarse como homenaje a aquella tradición y a la memoria de quienes nos precedieron, estrechando los lazos que siempre han unido a ambas hermandades de nuestra feligresía.
Al conocer la leyenda que Montenegro dejó escrita en la estructura de la corona de la Titular Mariana del Prendimiento – «Zoy de Nuestra Señora del Dessamparo» – , debemos ser conscientes del valor histórico y devocional de las estampas que nos disponemos a vivir gracias a esta permuta.
Porque este gesto de fraternidad no solo nos hablará – mirando estas preseas – sobre la Realeza de María.
No solo nos mostrará el virtuosismo – y el amor por la Santísima Virgen – de los maestros que elaboraron estas joyas de la orfebrería.
También nos hará disfrutar de nuevo de la forma única de vivir la piedad popular de las cofradías del barrio de Santiago.
Permitiéndonos recordar el cariño, la dedicación y el buen gusto con los que inolvidables mayordomos, vestidores, priostes y capilleres prepararon tiempo atrás estas veneraciones. Y haciendo que nos deleitemos con la excepcional labor de quienes hoy se ocupan de tan piadosos menesteres.
Emocionándonos al evocar de nuevo – gracias a este besamanos extraordinario – a tantas personas que ante estas Benditas Imágenes depositaron sus miedos, preocupaciones, proyectos, ilusiones y esperanzas.
Y al mismo tiempo, haciendo posible que renovemos – en compañía de nuestros hijos -, la fe que nos legaron nuestros mayores.
Desde estas líneas queremos animar a todos los hermanos a participar de los cultos en torno a Nuestra Santísima Madre, que culminarán con esta histórica veneración.
Y cuando estemos en nuestra capilla ante Nuestra Señora de la Piedad, viendo sobre sus benditas sienes la corona del Desamparo, recordemos que María es Reina por ser Madre del Rey de Reyes. De Aquel que, desde el mismo Huerto de los Olivos, derramó Su Sangre Morena por la redención del mundo.
Por eso, María es Reina del Cielo, de la Tierra… Y del barrio de Santiago.
Francisco García-Figueras Mateos.










